La taberna dichosa -una historia eléctrica-

De nuestro Güeli Gaita Vicente

Todos los clientes que tomaban su café o su copa alrededor de la mesa mientras jugaban la partida a las cartas, eran de opiniones muy diferentes y muy encontradas, el único nexo en común era el «tute», que les permitía cantar «las cuarenta como Dios manda», es decir, a grito pelado. En una invernal, lluviosa, ventosa y gélida tarde de enero, los siete mayores -jubilados de mas de 65 años-, indignados, con un cabreo impresionante, y maldiciendo al dueño de la taberna, arrojaron las cartas al suelo, se levantaron de la mesa, y a tientas abandonaron el local.Tomás, apodado «El Grande», propietario, amo y sheriff, de la taberna «La Dichosa», solemnemente, con su gran vozarrón, les anunció: ¡Señores!, un café no paga el calor de la taberna. Dicho ésto desconectó la corriente eléctrica.

La noticia del desahucio de los jubilados de la taberna se extendió rápidamente por todo el pueblo. Matilde, la buena mujer, esposa con todos los papeles en regla, de Tomás, salió de casa corriendo al encuentro de su marido.

-¡¿Qué has hecho?!..¿Dónde van a ir con este tiempo?..No hay otro bar en el pueblo…y…

-Para ya, Matilde. Dijo el tabernero a la alarmada mujer acercándose con el candelabro encendido.

-Ellos saben como yo que la electricidad se disparó por las nubes, y que la estufa no puede estar encendida todo el tiempo para calentar sus cataplines…,y además, ¡Que han hecho estos hombretones por mejorar las cosas!. A Juan le importa un rábano lo que hagan o no hagan los políticos; Roberto piensa que su jubilación se la debe a los del capullo, por eso les vota y está agradecido. Todavía tengo presente la estúpida sonrisa de Ambrosio entrando por esta puerta, diciendo que le habían subido casi dos euros y medio la pensión. Y que decir del caradura de Alejandro,que se arrimó al cura para comer gratis, sabiendo que su padre acabó colgado de la campana de la iglesia, por un «soplo bendito». El simple de Manolo, con su mujer enferma y necesitada de medicinas y cuidados especiales, se lamenta por todas las esquinas,aceptando la caridad que gasta en la taberna.Y por último, los insoportables «rojillos» Abel y Mario, jubilados de la construcción, que votan al cacique del pueblo.

Después de la parrafada, «El Grande», abrazó a su pequeña y buena mujer, que ya estaba un poco mas sosegada,y le dijo, no sin cierta pena: el país jamás lo cambiarán estos viejos.

Los siete escopetados de la tasca, ya en sus respectivas viviendas, envueltos en un sin fin de mantas de poco abrigo, miran sus estufas desconectadas, lamentándose por el mucho frío y lo caro que está la electricidad. Se olvidaron hace mucho tiempo de cantar las cuarenta fuera de la partida del tute. Y así les va. El continuo agradecimiento a los que recortan y encarecen los imprescindibles servicios que deben acompañar a todos los ciudadanos en su vida cotidiana, posibilita hasta el morir de frío.

Aquí y ahora, hay que cantar las cuarenta en bastos sobre los que nos quieren bien fríos. Apaga la luz mi santa hasta que llegue un nuevo día. Mañana, cantar las cuarenta en bastos, debe encender los ánimos de rebeldía.

En la taberna «La Dichosa», hay un cuadro colgado donde están dibujados media docena de indios, que bailan y cantan alrededor de un fuego ardiente.

Comentarios

  1. Buenísimo Vicente, la situación real contada con ese humor tan gallego que te caracteriza

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