La desigualdad como origen de las enfermedades

A veces tenemos que volver a los orígenes para salir de la confusión del presente. Los orígenes de la Salud Pública o Medicina Social, se pueden resumir en dos conceptos: “La mayor parte de las dolencias que nos afectan proceden del propio ser humano” y “si el poder del Estado se asociara con los conocimientos médicos, muchas enfermedades que afectan masivamente a los pueblos podrían ser eliminadas con medidas preventivas por parte de las autoridades”

Evidentemente, estas ideas eran rompedoras al final del siglo XVIII. Lo sorprendente es que, en la segunda década del siglo XXI, sigan en vigor.

Así parece cuando se comprueban las caras de sorpresa en personas que acaban de descubrir que hay una diferencia de 9 años en la esperanza de vida entre los barrios pobres y ricos … O cuando se convencen de aquello de que “el código postal es más importante que el código genético”, al tener acceso a mapas que muestran claramente que, al menos desde hace dos siglos, hay un tozudo patrón espacial que refleja las desigualdades sociales y en salud de los barrios.

Mucha gente sigue pensando que la mayoría de las enfermedades son cuestión de mala suerte, de maldición divina, de malos hábitos y pensamientos o de determinación genética. Lo más triste de este enfoque asocial es que no solo está presente entre la ciudadanía, sino que no es ajeno a los propios profesionales sanitarios. En la mayoría de las facultades de Medicina apenas se enseñan las desigualdades sociales en salud, su magnitud, cómo analizarlas y cómo abordarlas.

Por eso, cuando hablamos de lo que escribe la OMS sobre estas desigualdades (“diferencias en salud que son sistemáticas y tienen un origen social -entre grupos definidos por clase social, género, etnia, situación migratoria, laboral, lugar residencia, etc- y que, por lo tanto, son injustas y evitables”), o de las medidas que considera más importantes para abordarlas (“luchar contra la desigual distribución del poder, del dinero y de los recursos”), tenemos la sensación de que estamos “arando” un campo virgen o yermo de cualquier semilla social previa.

Se trata de un preocupante signo de alarma de la vigencia de importantes déficits en nuestro sistema de formación médica, que sigue priorizando los conocimientos bio-clínicos y marginando otros más colectivos y sociales. El resultado final es una práctica médica todavía demasiado tecnificada, deshumanizada, descontextualizada y asocial.

Esta idea asocial e individualista sobre el origen de las enfermedades, lleva a un consecuente pesimismo sobre la eliminación de las causas (sociales) que la producen, explica el negacionismo ambiental y climático que estamos viviendo.

A pesar de que las evidencias del origen social del cambio climático (con un creciente impacto en la salud) son ya abrumadoras, seguimos oyendo voces que lo niegan y que desaniman a cualquier restricción de aquella producción o consumo que está en el origen de los gases de efecto invernadero, pretendiendo que la naturaleza tiene sus “ciclos autorreguladores” (igual que el mercado).

Mientras, el desproporcionado miedo al COVID 19 se alimenta con la idea de que son amenazas debidas al azar (¿una mutación genética?), por lo tanto inevitables, sobre las que solo nos queda responder con las clásicas medidas de cuarentena y la esperanza de una nueva vacuna. Nos falta reflexión e información sobre el origen de la infección del COVID 19, sus determinantes sociales o el sospechoso foco informativo que ha merecido. También sobre la necesidad de un abordaje más preventivo y menos compulsivo de estas amenazas periódicas, que desnudan las miserias del actual statu quo político-económico global. Esta crisis subraya todavía más los límites de nuestra autosuficiencia y fragilidad, así como revela nuestra dependencia de otros seres humanos y de la naturaleza, de nuestra Madre Tierra.

¿Y si el COVID 19 ha venido para ayudarnos? Dicho así parece una broma de mal gusto. Está muriendo gente… Todos estamos confinados en casa… Hay gente sola… El personal sanitario está agotado … Y un sinfín de cosas negativas que nos impide tomarlo a broma…  Porque, si tienes un virus que afecta en mayor medida a personas que tienen patologías previas o afecciones cardiorrespiratorias, y vivimos en ciudades donde la gente respira durante años aire sucio, eso nos coloca en una situación de mayor riesgo ante virus y pandemias. Que, además, aumentarán debido al cambio climático.

La cuestión es que hay un cúmulo de sensaciones: impotencia, frustración, desesperación, desolación, desamparo, abandono… en definitiva, miedo y soledad. Hay personas que no saben si tendrán dinero para pagar la comida, si volverán a tener trabajo o si podrán mantener su pequeño negocio …

Se dice que el virus afecta igual a todos y que no conoce de clases. El virus probablemente no, pero sus consecuencias son marcadamente diferentes en función de la posición de clase.

Lo que está empezando a emerger es una gran crisis, y las crisis, que son momentos de cambio, también pueden servir para retroceder. No tendremos otra oportunidad como ésta. Tenemos que dejar ir a un viejo paradigma, antiguo y caduco, para dar paso a un nuevo paradigma. El problema es que nos da vértigo, mucho vértigo.

Es curioso que, en la pirámide de los trabajos, las profesiones mal llamadas “bajas”, son las que, en estos momentos donde el mundo entero está confinado, están dando el callo y están arriesgando sus vidas. Son esa gran mayoría que están sustentando el maltrecho sistema de cuidados.

Solo hay un pequeño paso desde pensar que las enfermedades tienen un origen social, a sostener que las soluciones también deben ser sociales….

Aprender a vivir con lo necesario supone un cambio en los modelos productivos y en los estilos de vida y de consumo, absolutamente radical. Tenemos que cambiar la cultura del reparto.

Y parece que la mayoría de la sociedad es consciente de la importancia de tener un sistema sólido de salud pública que hace que cualquier persona, venga de donde venga y tenga lo que tenga, disfrute del derecho y la posibilidad de ser dignamente atendida en un centro de salud, o en un hospital, públicos.

¿Aprenderemos la lección del COVID 19?

Fuentes: Javier Segura del Pozo ( Las desigualdades sociales y las enfermedades);
Daniel Inerarity (Aprender de la crisis)
y Yayo Herrero (El aislamiento social y la interdependencia)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *