Nadie los Recuerda

Compartimos el escrito de uno de nuestros Güelis, en la revista soriana Sarnago, que hará parte de otro de sus libros de “Tierras Altas”.

Nadie los Recuerda.

Por Miguel Ángel San Miguel Valduérteles


¿En aquella tierra, piedra de la luna nadie lo recuerda?

Con estos amargos versos A. Machado se despedía de España camino del exilio; eran una premonición de tanto olvido para quienes pagaron con su vida, la cárcel y el exilio por su compromiso con la libertad.


En 1939, Virginio Martínez Montes y Agustín García Ostriz nacidos en Magaña, Ciro Redondo Gómez en Taniñe y Emilio Serrano Giménez natural de Ágreda y de padre yangüés formaban parte de esa columna interminable de más de medio millón de españoles, que en medio de la nieve, marchaban a Francia huyendo de la muerte.

Con ellos iban veintidós sorianos y, entre ellos, otro soriano de adopción, el poeta Antonio Machado que días después moría de pena en Colliure y “post mortem” acabaría expulsado del cuerpo de catedráticos por el régimen de Franco.

Con todo, Ciro y los demás habían tenido más suerte que muchos de sus paisanos de Tierras Altas como Marcelino León, el alcalde de San Pedro, y los otros cinco Sampedranos que yacían fusilados en Rabanera, o como el Alcalde de Pitillas y el Maestro de Fitero, asesinados a tiros de escopeta en Fuentebella. Pensaban que en Francia hallarían la libertad, pero, por el contrario, les esperaba un largo calvario.

Primero se los hacinó en los campos de concentración de Argelés y San Ciprian, cuyas condiciones de insalubridad provocaron la muerte de más de dieciseismil de sus compatriotas. Después los trasladaron a trabajar en las fortificaciones de la línea Maginot en la frontera francoalemana. Y finalmente vino lo peor pues, al estallar la segunda guerra Mundial, una vez ocupada Francia por los nazis, fueron detenidos por los invasores alemanes, y después de varios días viajando hacinados en los trenes de la muerte, acabaron como miles de españoles en el campo de exterminio de Mauthausen.


Nada más entrar los raparon “al cero” y les impusieron el degradante uniforme de rayas sobre el que portaban un triángulo azul invertido y la S de españoles. Compartieron el mismo destino que millones de judíos, izquierdistas alemanes, prisioneros rusos, gitanos, testigos de Jehovah, homosexuales, insumisos a quienes les esperaban trabajos extenuantes antes de ser exterminados.

El responsable de aquel genocidio fue el partido nazi, con Hitler a cabeza; pero ¿ellos solos? Está más que probada la participación y la aquiescencia de gran parte del pueblo alemán. Y poco comprensible que tales atrocidades fueran cometidas por un pueblo con el mayor nivel cultural y científico de Europa. Quien diseño y organizó esa máquina de exterminio, no era un ignorante, fue Himmler, ingeniero agrícola, de familia profundamente católica y conservadora, que en palabras de A. Camús “convirtió la tortura en ciencia y en oficio”.


Todo ello se llevó a cabo con la complicidad del régimen de Franco; su gobierno, vía embajada, les había proporcionado fichas completísimas de cada uno de los españoles, y en el encuentro de Serrano Suñer, ministro de exteriores de Franco, con Hitler, al preguntarle sobre qué hacer con los prisioneros españoles, su respuesta fue: “Pueden hacer con ellos lo que quieran”. Desde ese momento su suerte estaba echada.

El nivel de degradación de la vida en los Campos así lo describía Primo Levi, superviviente de Auswich, “La llegada de los nuevos prisioneros era recibida, no con la solidaridad debida de otras víctimas, al contrario su entrada era entre golpes, insultos y vejaciones de otros prisioneros que descargaban sobre los recién llegados las humillaciones que a su vez ellos padecían”.


La vida en estos campos transcurría en trabajos hasta la extenuación, “la muerte por hambre o por enfermedades causadas por falta de alimento era el destino habitual del prisionero; en el caso de Mauthausen era el trabajo en una cantera adonde debían ascender por una escalera de más ciento ochenta peldaños y descender por la misma con una carga de piedras que acababa por reventar a la mayoría.

Y cuando su salud no daba para más les esperaban las cámaras de gas y los hornos crematorios. Tampoco les faltaba la tortura psicológica, como los obscenos comentarios de los SS: “aquí se entra por la puerta y se sale por aquella chimenea o el más macabro todavía dirigido a un niño prisionero: “¿ves aquella cortina de humo? Por ahí va tu mamá”. Según informaciones del campo, el magañés Virginio Martínez Montes fue uno de los miles de republicanos que acabó su vida en aquel infierno; el agredano Emilio Serrano, vivió un periplo pasando por varios Campos, para finalizar sus días en el campo de exterminio de Buchenwald;

sólo Ciro Redondo Gómez natural de Taniñe, aunque en algún documento figura como de San Pedro, pudo celebrar la liberación del Campo y saludar a los soldados americanos con esa pancarta tan conocida: “los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras.”

En Francia las detenciones se produjeron en medio de la complicidad del gobierno colaboracionista de Petain y de la aquiescencia de gran parte de la población. Y qué decir de Alemania, la protagonista de aquellos crímenes, donde, acabada la guerra, unos se escudaban en la obediencia debida y en muchos de los pueblos y ciudades de las inmediaciones de los Campos nadie sabía nada.

¿Acaso, eran ciegos y no veían los trenes de la muerte? ¿No percibían el olor nauseabundo de los hornos crematorios? Incluso en la sede vaticana las denuncias de algunos sacerdotes sobre aquel horror eran despachadas con la conocida frase: “No nos venga con problemas y dedíquese a los deberes de su ministerio”.

Acabada la guerra, llegó la manipulación de los hechos, especialmente por parte del sionismo israelí, para quien las víctimas de los campos de exterminio sólo fueron los judíos, ignorando a los casi cien mil izquierdistas alemanes, a los republicanos españoles y a los demás colectivos anteriormente mencionados.

Y por supuesto no puedo dejar de mencionar el olvido que, en la España de Franco y en los gobiernos democráticos posteriores, ha habido para nuestros compatriotas.

Han transcurrido setenta años y cuando se hace referencia a los hechos luctuosos de la Guerra Civil y del Holocausto, la respuesta de muchos es: “aquí nunca pasó nada”, incluso el miedo sigue hablando con estas palabras: “cállate que las paredes oyen”.

En Alemania lejos de olvidar, explican a los niños en las escuelas lo que fue el Holocausto, no para educarlos en el odio, sino todo lo contrario, para que practicando la memoria no vuelvan a cometer las atrocidades de las generaciones anteriores y para que nunca banalicen ni normalicen el mal contra los seres humanos.

Algunos afirman que hay que pasar página, pero tenemos la obligación de leer “todo el libro de nuestra historia” y saber que el mejor antídoto contra la barbarie es la memoria; una memoria que no tiene que alimentar la venganza, porque la venganza sólo traerá más
venganza, sino que el recuerdo sirva para que hechos similares, que causaron tanto dolor, no vuelvan a repetirse, para que se respeten los derechos humanos y para ir construyendo un mundo en paz. P.D.

Mientras estaba escribiendo estas líneas, acabo de recibir un mensaje de la asociación “Recuerdo y Dignidad”, con la información de que se van a colocar en la plaza mayor de Soria placas con los nombres de los sorianos que padecieron el Holocausto nazi; una iniciativa que honra a esta asociación y al ayuntamiento de la capital y por supuesto, al alemán Gunter Demning creador de tan hermoso proyecto.

Hasta ahora, hemos escuchado sólo el rumor del silencio, porque sólo HABLABAN LAS AMAPOLAS.

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