Una Carta a nuestra descendencia

 

CARTA ABIERTA A LA JUVENTUD, A NUESTRA DESCENDENCIA

Apenas termina de gritar, el pobre hombre recibe un golpe en la sien que le deja desmayado… Los falangistas rodean a su camarada y le dan palmadas en la espalda… La gente se alejará del lugar… Unos “lamentarán el incidente, pero disimularán como puedan su desagrado”, mientras otros “aplaudirán y luego irán a misa y comulgarán”…

En aquella España “multitudes de almas se prepararán para guardar silencio, un largo silencio que habrá de cubrir sin piedad esas vidas a las que les han sido robadas el pasado y la esperanza…

En sus ojos se agazapará la sombra melancólica de la resignación, y también el fulgor obstinado del ansia de vivir”. De esa resignación, de ese silencio venimos…

Y a él quieren hacernos volver los que no están dispuestos a perder sus privilegios.

Nosotros y nosotras, que hemos vivido parte de aquella época, tenemos la obligación de decir a nuestra descendencia que hay que parar al fascismo, al militarismo y a la violencia de la testosterona, al griterío y a la sumisión del misal, al autoritarismo, a la mentira y al chantaje de los medios ideológicos, informativos y económicos que quieren imponer lo que hay que pensar, lo que tenemos que hacer y lo que debemos sentir.

El ansia de vivir en libertad tiene que servir para derrotar, pacífica y activamente, a quienes practican el odio y la xenofobia y a quienes esconden su egoísmo antisocial detrás de algunas instituciones “de orden”.

No queremos que nuestra juventud, nuestra descendencia, olvide estas palabras de José Luis Sampedro:

“Nos enseñan a creer en lo que nos dicen… Primero a creer y luego a razonar sobre lo creído. Pero la libertad de pensamiento es justo al revés. Primero es razonar y luego es creer en lo que nos parece bien de lo que razonamos. Si no tenemos libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor”.

A nuestros nietos y nietas hemos de explicarles lo que, quienes integramos “Güeligaites d’Asturies”, sentimos cuando hablamos de nuestra patria.

Tienen que saber que no olvidamos la limpieza étnica, ideológica y cultural, que se hizo en este país, hace años, con el fin de evitar la libertad, la igualdad y la solidaridad que empezaba a nacer en aquella España republicana.

Tienen que conocer, de nuestra mano, que a nosotros y nosotras nos cuesta decir ¡Viva España!, mientras siga habiendo muertos en las cunetas y mientras ése sea el grito de los vencedores de aquel miserable levantamiento contra el pueblo español, provocado por los violentos que aman las guerras y por los que no dudan en utilizarlas para imponer su sistema de miedo, orden y muerte.

Nuestra descendencia tiene que saber que, quienes manejan los hilos del poder en este país, siguen haciendo uso de la violencia para defender sus privilegios, utilizando los medios que hagan falta para, desde la sombra de las bolsas, las iglesias y muchas otras instituciones (judicatura, ejército, fundaciones, clubs, …), continuar alimentando la desigualdad, la ignorancia, la injusticia y la pobreza en la que fundan su egoísmo y su riqueza…

¡ay! las dos Españas de Antonio Machado…

Nos duele España y nos cuesta hablar de patria, sin un himno y sin una bandera de todos y todas, porque unos pocos se han apropiado de ella por la fuerza de las armas y ejercen el poder del dinero y la ideología neoliberal para despojarnos, a la mayoría, de la posibilidad de vivir dignamente, dejándonos desamparados y huérfanos de una España mejor, educada, igualitaria, libre y solidaria.


Y recordamos a los perdedores de aquel golpe militar fascistanacional-católico, reconocidos como héroes en Europa mientras aquí todavía siguen vilipendiados.

La memoria histórica nos obliga a mantener vivo el recuerdo de los exiliados españoles y a seguir gritando ¡Viva la República! ¡Por una España de todas y todos los españoles y españolas!….

Pobre España, desmemoriada y, por tanto, sin historia. Esperamos poco de quienes siguen atizando divisiones y violencia, porque sólo les interesa continuar sembrando el odio y azuzar el resentimiento.

Pero de nuestra juventud, de nuestra descendencia, esperamos un mundo mejor y una España más digna y justa que la que nos ha tocado vivir a nosotros y nosotras.

Conocer la historia tiene que servir para no repetir errores. Por eso nuestros nietos y nietas deben conocer cómo eran aquellos tiempos, a los que ahora parece que algunos quieren hacernos volver.

Ángeles Caso, en su novela “Un largo silencio” relata una escena propia de aquella España en la que había, por un lado, “hombres insolentes que lanzaban sus miradas llenas de soberbia sobre los otros”

y “mujeres emperifolladas que aprietan el misal entre las manos”,

y, por otro, “hombres acobardados que rehuyen los ojos ajenos!

y “jovencitas flacas que caminan vergonzosas, humilladas bajo el peso mojigato de sus mantillas”.

Tenemos que estar atentos, porque algunos quieren hacernos volver a una época en la que había “tullidos mendigando y viejas malolientes y enfermas que estiran la mano y parecen a punto de agonizar”

y “niños, crías y críos revoltosos, tranquilos, harapientos, … ignorantes de la vida pequeña y marchita que les espera…”

A ese ambiente, que añora la derecha y de la extrema derecha española, pertenece la escena que Ángeles Caso describe en esa novela, cuando un grupo de falangistas, que ocupaban parte de la plaza de un ayuntamiento, cantaban el “Cara al sol”, “alzados y firmes los brazos”, mientras “la gente que pasa les devuelve el saludo y grita con ellos ¡Viva Franco! Y ¡Arriba España!…


Hay un momento en que varios falangistas rodean a un campesino que ha pasado “sin levantar el brazo” y un “tipo recio, de bigote fino y mirada torcida lo agarrará por los hombros” y, echando mano a su pistola, le dirá: – “De rodillas… Levanta el brazo… Canta el cara al sol…”

Cuando el campesino contesta que no se lo sabe, “el pistolero le cogerá por los pelos y le obligará a levantar la mirada” poniendo el arma sobre su frente. “Con que no ¿eh? Así que eres uno de esos rojos ignorantes que ni saben ni quieren saber”…

Después de que “un coro de voces” inicie la primera estrofa del himno, el cabecilla dice: “¡Ahora canta tú! … ¡No te oigo bien! ¡Más alto!” “El hombre, asustado, apenas logrará abrir la boca, intentará repetir los dos primeros versos… ¡No te oigo bien! ¡Más alto!… ¡Así me gusta!. Ya seguiremos con esta lección. Ahora grita: ¡Arriba España!

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